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Boleto al Paraiso

El ser humano al inicio de la vida se encuentra en una relación de dependencia con la madre, de hecho es el ser vivo que sin el cuido de un adulto moriría a la pocas horas de nacer. Tal vez esta acción hace que busque incesantemente el desarrollo de su autonomía y ahí comienza a tener sus primeras experiencias haciendo al uso de su libertad, desde acciones muy sencillas que van evolucionando en su demanda de la satisfacción de sus necesidades primarias básicas, afectivas, de relación, en fin va dirigiéndose a establecer contacto con el entorno que le rodea y en ese proceso humano de desarrollo el organismo va orientándose hacia la autorrealización, tal como lo expone la teoría de la necesidades de Abraham Maslow (1985).


El hombre desde sus orígenes viene dotado de tres características exclusivamente humanas como lo son: La libertad, la reflexión y el espíritu; este triángulo le abre las puertas al paraíso tal como hizo Dios con Eva y Adam relatado en el (Génesis 3:1-23) primer libro de la biblia. Esta triada está inmersa en lo podemos conceptualizar como Conciencia.


Al respecto Feo (2003) dice: “La conciencia es una función del organismo mediante la cual éste se experiencia a sí mismo de manera inmediata en una relación significativa con yo-otro”, esa experiencia de relación es la entrada al paraíso maravilloso, para acceder al mismo necesitamos ejercer la libertad, lo anterior nos diferencia del resto de los animales en la especie animal. Así mismo su destino es dirigido por leyes naturales donde se evidencian los instintos para la sobrevivencia.


Partiendo de lo anterior podemos hacer un paralelismo entre las vivencias de Adam y Eva ante sus elecciones, las consecuencias de las mismas y las elecciones del hombre actual.


El ejercicio de la Libertad se pone de manifiesto ¿ante algo? ¿Ante qué? Y en ese momento el hombre se cuestiona en muchas ocasiones y eventos de la vida ¿Qué hacer? tal como señala Sartre (1943), “Estamos condenados a ser libres” la libertad desde su concepción existencial y antropológica nos hace referencia a la responsabilidad.


Continúa Sartre... Libertad y Responsabilidad se convierten en dos caras de una misma moneda en ausencia de una de estas la otra se aniquila, por tanto la responsabilidad ha de ser en el aquí y en el ahora de una situación concreta para un ser humano desde su singularidad, donde reposa todo un fondo de experiencias que le han permitido ir construyendo su propia existencia.


Al respecto Jasper (1962) nos ilumina con la frase “La libertad corresponde a la fidelidad de las necesidades del interior de una persona”, esta mirada de la libertad pone de manifiesto unos lentes que permiten hacer una lectura profunda del ser sobre sí mismo, que lleva al autoconocimiento: Jasper desde esa frase nos invita a la escucha y a registrar lo que hay en el interior de un corazón humano sin conocimiento sobre ¿quién eres? ¿Qué necesitas?.


Estas premisas nos permiten entender de donde parten las elecciones de un organismo sano que tiende a la autorrealización, y en ese camino de descubrir hay una danza de oscilación y disyuntiva que detiene al hombre entre elegir, responder, comprometerse o No.


En el proceso terapéutico acompañamos en el descubrimiento y ampliación de la conciencia mirando dos posibles horizontes:

  • La capacidad de elección ante el ejercicio singular de la Libertad.

  • El ejercicio de la No Libertad.


Ante las dos opciones anteriores el hombre se debate desde el origen del mundo, a lo largo de la historia entre el conflicto interno de sus pensamientos y el murmullo de densas voces que surgen como fantasmas diciéndole ¿Qué hacer?. Y el que hacer solo responderá a lo que cada existente finalmente decida y es entonces cuando la anhelada libertad puede ser renunciada o no.


El libre albedrío se guiará por los principios y valores construidos a lo largo de la vida, y son relativos para cada individuo; y ese darse cuenta y esa elección permitirá obtener el boleto de entrada al paraíso prometido.


En el jardín había muchos árboles, y Dios les dijo a Adán y a Eva que podían comer de los frutos de todos ellos menos de uno.

(Génesis 2:16-17)


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